Schadenfreude
Cuando el tropiezo ajeno se siente como justicia divina.
Me ocurrió hace unos días. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero puede que me entiendas y hasta te sientas identificada.
Sentí una chispa de satisfacción cuando alguien metió la pata en un asunto importante. Me vi soltando, con alegría furtiva, un «se lo merece». No sé si te ha pasado, pero se me ocurren más situaciones que repiten ese patrón.
Imagínate que alguien critica el talento de una figura pública que tú consideras muy sobrevalorada, entonces sientes una pequeña satisfacción, un festejo discreto, ¿eso es grave, doctor? A mí me ha ocurrido, con un profesional contratado a bombo y platillo que, cuando las cosas se complicaron, no supo dar la cara.
Sigo con los ejemplos. La estrella del equipo, el de las presentaciones impecables que nunca falla, se traba en una charla, olvida unas cifras y se le cae el cartel de don Perfecto. O esa expareja que publica una historia en tono de crisis, en lugar de celebrar, como venía haciendo, lo bien que le iba sin ti. Incluso ese amigo espiritual, ese gurú de la paz interior que parecía intocable, al que ves perder los estribos en una incómoda conversación con un camarero, ¡ni el más zen se salva de dar un berrinche! Todo esto me produce un gozo extraño, una sonrisa interior. Después puede que me sienta miserable por esa emoción, pero tampoco tanto :-)
Ese sentimiento tiene nombre: Schadenfreude. De origen alemán, significa literalmente «alegría por el daño ajeno». Y es un palabro que se pone interesante cuando no es simple envidia, sino un impulso más complejo; cuando no surge solo del deseo de ver caer al otro, sino de percibir una injusticia. Responde, en parte, a un anhelo de equilibrio: el fracaso ajeno corrige, aunque sea por un instante, nuestra sensación de inferioridad. Ese tropiezo puede vivirse como justicia divina si crees que el éxito del ahora damnificado era inmerecido o fruto de la suerte. En entornos competitivos, además, el error ajeno alivia la presión que generan los logros de los demás. Suena fatal, pero, ya sabes, somos personitas defectuosas. Y menos mal.
Reconocer esto dice más de uno que de los otros. Revela inseguridades: miedo al fracaso, sensación de no ser lo bastante buenos o de sentirse infravalorados. El fracaso ajeno da una falsa sensación de valía, un peldaño al que se sube sin tener que corregir carencias propias. Y todo eso, por muy humano que sea, es una distracción. Sería mejor canalizar esa energía hacia proyectos propios y entender que nuestro valor no depende del éxito o del fracaso de nadie. No deberíamos necesitar que alguien tropiece para sentirnos mejor.
Después de darle muchas vueltas al vocablo alemán, seguramente mal pronunciado, reparo en que un error común es creer que evaluamos con justicia si alguien merece su éxito. A menudo no vemos el trabajo que hay detrás, o nos incomoda que el sistema premie el carisma, la visibilidad o la suerte. Rumiar esa frustración genera resentimiento, que nos seca y nos aleja de nuestros propios logros.
No me avergüenza sentir Schadenfreude. Acepto que los tropiezos ajenos pueden darme un alivio momentáneo, al recordarme que no estoy solo en mi fragilidad. Y al reconocerlo, puedo reírme de mí mismo. Así gestiono mejor esa emoción y evito que se vuelva mezquina.
PD/ La imagen es de del álbum de whitedaemon en Pixabay.com




Hola, Amalio, creo que nos pasa a todos y creo que también se nos ha enseñado a sentir culpa por algo tan normal y de lo que antes ni se hablaba. Me alegro de que hoy en día ya no dé tanta vergüenza confesar estas cosas. Y lo de las exparejas...es curativo! Te sigo, buen viaje en Substack!
Bueno, eso también sucede cuando hay un histórico de resentimiento, o de necesidad de justicia poética. "Siéntate a ver pasar el cadaver de tu enemigo", dice el clásico.